16 ago. 2011

A mis bisabuelas, a mis abuelas...y a las tuyas.




¡Hoy vengo algo tensa…! Me revientan las costuras de la lengua por callarme. Pienso en mis “ancestras”…y me recome una jodida vergüenza.
Recuerdo caras de las mujeres que me regalaron la vida. Recuerdo las axilas sudadas  sin pudor,  arrancándole el olor al cuerpo; sus abrazos apretados, olían después a un mundo más sincero. El verdadero y único equipaje que llevaban por la vida, eran los recuerdos de  verbenas felices, (en una juventud añorada siempre… y siempre corta,) cuando, bailaban la tarde entera, en la plaza del pueblo, con unas alpargatas hechas de esparto. Su mejor tesoro; una radio que ponían los domingos en la tarde encima del poyo de la puerta… regalo de aquel novio que se fue de emigrante con la promesa de volver rico… y una Nochebuena no volvió.
Su traje de boda idílico, era negro. Vivía guardado dentro de una caja, sujeta con un cordón de lino, en el fondo del arca.  Los ratones y la polilla acabarían encontrándolo, a pesar de las bolas de naftalina y las ramas de lavanda.
 Mis mujeres no tenían el pecho como magnolias…tenían dos señoras tetas apoyadas en unos brazos duros y valientes que terminaban,  ¿cómo no?, en una mano ligera. Pero mira… los mocos duran menos cuando te los quitan de un buen sopapo.
 Las mujeres que me regalaron a mí la sangre para nacer, aun me despiertan algunas mañanas de invierno con un olor a repollo en las fauces y el sonido de tapaderas  de porcelana levantándose para remover un puchero de patatas. O con el recuerdo de aquella olla con válvula redonda, que se pasaba horas y horas girando… mientras desayunaba, mientras me lavaba, mientras me vestía, mientras iba a la escuela… y cuando volvía.
Mis mujeres eran, además, peregrinas de cuadra en cuadra… “la de las ovejas” “la de las vacas” “la de los gochos”…tenían un callo duro de tanto ordeñar animales y cavar tierras enteras desde antes del amanecer hasta después del sol puesto. Y… si acaso comían tranquilas un día, era a la sombra en la chopera  y todas a una de la misma pota caliente. Y digo tranquilas… porque luego se bajaban el pañuelo sobre la cara un ratito, recostaban la espalda en un árbol y descansaban la cabeza sobre el pecho. Ese era su paraíso.
Todos los días de mis mujeres eran laborables. Todas las mañanas de verano se subían a las varillas del carro, y recogían la hierba del campo, con unas vacas o un macho que ya sabían que el recreo era  la vaquera. A las 5 de la tarde.
Las mujeres de mi vida llevaban la resistencia por bandera y eran prodigiosas en dar de comer a 9 de familia durante dos o tres días seguidos… con unas patatas, una cabeza de ajos y un cacho de pan duro.
Mis mujeres, se ganaron a pulso el merecido honor de pujar vírgenes y santos; de limpiar  tumbas de muertos; de remendar o zurcir sabanas y calcetines todos los inviernos, gastando hasta la última miaja del brasero y de la vista, bajo la luz mendiga, de una pobre bombilla.
Las mujeres de mi vida, peleonas y peleadas, se retorcerían inquietas en sus retiros bajo tierra si supieran que hoy… una descendiente directa. Yo.
Se oye llamar “género femenino”, “violencia doméstica” “discriminación positiva”, “víctima de maltrato” y no sé cuantas “patrañadas” más)  sin echarse las manos a la cabeza escandalizada, gritando como una loca…
-  ¡Soy  una mujer!-  Para mí se ganaron otras mujeres más valientes esa hermosa palabra, y con ella quiero seguir siendo nombrada.    ¡Mujer!