¡Hoy vengo algo tensa…! Me revientan las costuras de la lengua por callarme. Pienso en mis “ancestras”…y me recome una jodida vergüenza.

Su traje de boda idílico, era negro. Vivía guardado dentro de una caja, sujeta con un cordón de lino, en el fondo del arca. Los ratones y la polilla acabarían encontrándolo, a pesar de las bolas de naftalina y las ramas de lavanda.

Las mujeres que me regalaron a mí la sangre para nacer, aun me despiertan algunas mañanas de invierno con un olor a repollo en las fauces y el sonido de tapaderas de porcelana levantándose para remover un puchero de patatas. O con el recuerdo de aquella olla con válvula redonda, que se pasaba horas y horas girando… mientras desayunaba, mientras me lavaba, mientras me vestía, mientras iba a la escuela… y cuando volvía.
Mis mujeres eran, además, peregrinas de cuadra en cuadra… “la de las ovejas” “la de las vacas” “la de los gochos”…tenían un callo duro de tanto ordeñar animales y cavar tierras enteras desde antes del amanecer hasta después del sol puesto. Y… si acaso comían tranquilas un día, era a la sombra en la chopera y todas a una de la misma pota caliente. Y digo tranquilas… porque luego se bajaban el pañuelo sobre la cara un ratito, recostaban la espalda en un árbol y descansaban la cabeza sobre el pecho. Ese era su paraíso.

Las mujeres de mi vida llevaban la resistencia por bandera y eran prodigiosas en dar de comer a 9 de familia durante dos o tres días seguidos… con unas patatas, una cabeza de ajos y un cacho de pan duro.
Mis mujeres, se ganaron a pulso el merecido honor de pujar vírgenes y santos; de limpiar tumbas de muertos; de remendar o zurcir sabanas y calcetines todos los inviernos, gastando hasta la última miaja del brasero y de la vista, bajo la luz mendiga, de una pobre bombilla.
Las mujeres de mi vida, peleonas y peleadas, se retorcerían inquietas en sus retiros bajo tierra si supieran que hoy… una descendiente directa. Yo.
Se oye llamar “género femenino”, “violencia doméstica” “discriminación positiva”, “víctima de maltrato” y no sé cuantas “patrañadas” más) sin echarse las manos a la cabeza escandalizada, gritando como una loca…
- ¡Soy una mujer!- Para mí se ganaron otras mujeres más valientes esa hermosa palabra, y con ella quiero seguir siendo nombrada. ¡Mujer!